
El cambio climático es transversal a nuestras vidas, de seguro palparemos sus efectos en nuestras puertas (si es que ya no lo vivimos)... el resurgimiento de enfermedades, la escasez de víveres, el ser un refugiado por algún desastre natural, la inequidad social, inequidades ante recursos como el agua y fuentes de energía, desvío de recursos para mitigar impactos, nuevas lógicas de producción, nuevos discursos e inversiones...
Yo vivo del campo, y he palpado como han cambiado las cosas en pocos años, varias cosechas se han adelantado, los veranos intensos provocan caída de flor en árboles frutícolas, los fuertes veranos crean déficit hídrico, todo ello trastoca la cotidianidad de cualquiera... Por ello me siento pesimista frente a lo que se avecina.
Basta ver cómo somos, la inercia que tenemos al cambio, la violencia e indiferencia, frente al dolor, la escasez, la enfermedad y la inequidad del otro, ello y más, de seguro abonará a las súbitas tragedias, guerras e infamias más aberrantes que se están encubando y avecinan.
En la antigüedad, distintas civilizaciones ante cambios de sus ciclos de lluvia sucumbieron catastróficamente en la barbarie, el olvido y lo dantesco, siento que como eco, ello nos recuerda, que no estamos preparados ante los cambios, que los cómodos estilos de vida se derrumbarán, que se perderá memoria, que la brutalidad saldrá a flote y que el gobernar no se podrá, pues frente a la falta de agua cuando hay una sequía.
Como idea final, creo que sería recordar nuestra prístina ventaja como especie, la adaptación y la virtud, y confiar de éstas.
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